Mariela Novas

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Diagnóstico tardío en mujeres

Mariela Novas · Lic. en Psicología

¿Por qué el diagnóstico llega tan tarde?

Durante décadas, el autismo se definió mirando casi exclusivamente a varones. Las primeras descripciones clínicas partieron de observaciones en niños (Kanner, 1943), y herramientas diagnósticas muy usadas hoy, como el ADOS, se desarrollaron y validaron mayormente con muestras masculinas (Lord et al., 2000).

Esto no es un detalle menor: si el instrumento con el que se mide algo fue calibrado sobre un solo perfil, es esperable que detecte mejor ese perfil y le cueste más ver otros. Sumado a esto, las mujeres autistas suelen mostrar un patrón más internalizado (ansiedad, perfeccionismo, aislamiento) que externalizado, lo que se confunde más fácilmente con otros cuadros.

Un estudio de McCrossin (2022) analizó sesgos en el reconocimiento y diagnóstico clínico y plantea que la proporción real de autismo entre varones y mujeres podría ser más cercana a 4:3 que al clásico 4:1, y que hasta un 80% de las mujeres autistas podría llegar a los 18 años sin diagnóstico.

La "generación perdida"

Se suele usar la expresión "generación perdida" (en inglés, lost generation) para nombrar a personas que crecieron en décadas donde directamente no se estudiaba el autismo en mujeres o el llamado actualmente nivel 1, y que hoy llegan a un diagnóstico en la adultez o la mediana edad.

La investigación en autismo en mujeres prácticamente no existía antes de 2010, sí libros autobiográficos y algunos clínicos (Temple Grandin, Donna Williams, Liane Holliday Willey) y recién a partir de 2019 empezó a crecer con más fuerza.

El enmascaramiento (masking)

El enmascaramiento es el esfuerzo activo por ocultar o imitar el estilo de interacción social autista para parecer neurotípico: sostener contacto visual forzado, ensayar expresiones faciales, suprimir el stimming, guionar conversaciones (Hull et al., 2019).

  • Es agotador física y mentalmente, y se asocia a mayor ansiedad y estrés después de camuflar (Hull et al., 2017).
  • El miedo constante a "ser descubierta" genera un estrés propio, independiente del esfuerzo social en sí (Cage & Troxell-Whitman, 2019).
  • Se vincula con problemas de identidad, menor autoaceptación y peor salud mental (Bargiela et al., 2016).
  • Las mujeres autistas suelen obtener puntajes más bajos en escalas de observación externa (como el ADOS) que en medidas de rasgos internos, lo que sugiere que el enmascaramiento "engaña" más a la herramienta que a la experiencia real (Lai et al., 2017).

Por qué las mujeres de 40 están recibiendo su diagnóstico hoy

Para entender por qué tantas mujeres llegan a la mediana edad sin diagnóstico, ayuda mirar el recorrido histórico de la investigación en autismo. Hay tres momentos clave que explican el retraso acumulado.

El primero es el sesgo fundacional: Kanner (1943) describió el autismo a partir de once casos, ocho de los cuales eran varones. Esa proporción no era una muestra representativa, pero se consolidó como el retrato canónico. Durante décadas, el autismo fue pensado como una condición predominantemente masculina, lo que orientó tanto la investigación como la formación clínica en esa dirección.

El segundo es el sesgo diagnóstico estructural. La teoría del "cerebro masculino extremo" (Baron-Cohen, 2002) reforzó la idea de que el autismo era una variación exagerada de rasgos cognitivos típicamente masculinos, lo que implícitamente alejó la atención del perfil femenino. El DSM incorporó el síndrome de Asperger recién en 1994 (DSM-IV), lo que dejó sin diagnóstico a toda una generación de mujeres con capacidades cognitivas en rango promedio-alto o superior que no encajaban en los criterios previos centrados en déficits severos.

El tercero es la invisibilidad del perfil interno. La investigación empezó a documentar recién en la última década que las mujeres autistas presentan con mayor frecuencia un perfil internalizado: ansiedad, perfeccionismo, aislamiento, rumiación. Ese perfil se confunde más fácilmente con depresión, trastorno de personalidad o trastorno de ansiedad generalizada, y recibe esos diagnósticos en su lugar. Bargiela et al. (2016) documentaron que muchas mujeres autistas habían recibido múltiples diagnósticos de salud mental antes de llegar al diagnóstico de autismo.

El resultado de estas tres capas es el patrón que hoy se observa en consulta: mujeres que llegan a los 35, 40 o 50 años con una historia de diagnósticos que no terminaban de explicar su experiencia, y que, en la perimenopausia, cuando el enmascaramiento ya no alcanza, finalmente encuentran un marco que hace sentido.

El cruce con la perimenopausia

Muchas mujeres llegan a la consulta en la perimenopausia con un empeoramiento marcado de síntomas ejecutivos y sensoriales que antes compensaban mejor, sin saber que ese quiebre puede estar relacionado con los cambios hormonales sumados a una carga acumulada de enmascaramiento durante décadas.

La evidencia disponible permite comprender por qué. Moseley y Gamble-Turner (2026) describen esta etapa como un fenómeno de "doble impacto": la perimenopausia y el autismo no solo coexisten, sino que interactúan generando desafíos específicos que no aparecen al atravesar cada proceso por separado. Brady et al. (2024) lo denominan "tormenta perfecta": la sintomatología menopáusica se vive con una intensidad y textura diferentes en mujeres autistas, con ansiedad, agotamiento y desregulación emocional como síntomas centrales.

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